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Historias de Carnaval

 

Mascaras venecianas

 

 

Una vez en mi vida el Carnaval me pilló en Venecia, aunque en realidad fui yo la que salí en su busca, en un estado alterado de conciencia porque estaba enamorada.

 

 

Venecia en Carnaval es una auténtica alucinación en colores. Trajes suntuosos, disfraces estrafalarios. Gentes embutidas en dominós, tocadas con esas máscaras de nariz larga utilizadas en el Renacimiento para protegerse de la peste. Góndolas iluminadas llenas de gente fastuosa. Palacios en los que entran príncipes y princesas de cuento de hadas.

 

Carnaval de Venecia

 

 

Mascaras venecianas

 

 

 

Mi amor y yo levitábamos inmersos en esa multitud risueña, enmascarada y desinhibida.

 

 

 

 

En cierto momento una calleja vomitó un aluvión de máscaras jóvenes y bullangueras que nos separó. En el tumulto perdí a mi pareja. Me encontré desorientada entre tanta mascarita. Algunos bailaban y cantaban a mi alrededor, otros me hacían señas para que los acompañara. Todos reían y yo también.

Mascara veneciana

Entre los ruidosos componentes del grupo se abrió paso un noble del siglo XVIII, tanto su atuendo espectacular como su máscara  debían ser auténticos por su belleza. Se acercó a mí y me hizo un gesto para que le siguiera. Era un hombre alto, elegante, pero un poco extraño, parecía que su figura desprendiera una leve luminiscencia. Su atractivo era tal que le seguí. Total, no me podía pasar nada. Había demasiada gente alrededor. El personaje me intrigaba. Sabía regresar al hotel. De mi compañero de aventura no había ni rastro. Mi nuevo acompañante me guiaba  a lo largo del Gran Canal. Curiosamente, la gente se apartaba a su paso. Marchábamos tranquilos en la noche, él delante de mí en silencio, abriendo camino, sin tocarme, sin hablar.

 

Nos encaminamos hacia un palacio iluminado de forma espectacular. Por una puerta entraban los más fabulosos disfraces que he visto en mi vida. Me daba la impresión de que el palacio era nuestro destino. Estaba encantada, a lo mejor podría asistir a uno de esos míticos bailes venecianos, cosa impensable para mí.

Carnaval de Venecia

Nos acercábamos a la puerta entre otros muchos asistentes, que enseñaban su invitación al portero. Observé que mi galán no hacía ningún gesto para buscar la suya. Llegamos junto al portero, mi acompañante no se inmutó, pasó ampliamente de puerta y portero y se coló por la pared. Traspasó el muro sin ninguna vacilación.

El guardián de la puerta, naturalmente, me impidió la entrada. El bello del XVIII no salió a recogerme. No le volví a ver.

 

Firma Paloma Navarrete



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